Al día siguiente, Aras apareció sin falta. Saludó respetuosamente a sus suegros y, con la puntualidad implacable que lo caracterizaba, partieron rumbo al hospital.
El aire dentro de la habitación olía a cloroformo y pulcritud estéril. En cuanto cruzaron el umbral, la señora Çelebi, madre de Lale, se apresuró a recibir a Melani con los ojos enrojecidos por la fatiga.
—Oh, Melani... estás aquí, estás bien. Bendito sea Alá —murmuró con la voz temblorosa, abrazándola con desesperación—. Por