Aras Köksal Finalmente, el día llegó. El aeropuerto de Estambul estaba lleno de vida, pero yo caminaba por la terminal como un espectro. Llevaba conmigo solo lo esencial: mis documentos, el reloj de mi abuelo y el vacío en el pecho que se había convertido en mi compañero más fiel.Firmar un contrato en Europa, era un paréntesis necesario. Miré por la ventanilla cómo las mezquitas y los puentes de Estambul se alejaban bajo el ala del avión. Volvería en una semana, quizá diez días como máximo, con el contrato firmado y, con suerte, con mi madre más calmada respecto a los Karaman. —Solo negocios, Aras —me repetí mentalmente, acomodándome en el asiento de primera clase. Abrí mi maletín y saqué el informe de los Von Seidl. Eran una familia de la vieja aristocracia industrial austriaca. Rígidos, puntuales y, según los informes de Yusuf, extremadamente fríos. Justo lo que buscaba. No quería cenas familiares, ni intentos de emparejamiento, ni conversaciones banales. Quería cláusulas
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