Melani Fernández El trayecto a casa fue un borrón de luces de neón y frío filtrándose por la calefacción del Audi. Al entrar en el apartamento, el silencio fue la recepción. No era el silencio de la paz que se suponía que debería sentir plenamente, era un vacío cruel, un hueco en el pecho que amenazaba con ahogarme en medio de las cajas a medio llenar. —No puedes irte así, Mel. Al menos no a ciegas —la voz de Elena rompió el hechizo. Estaba sentada en el suelo, rodeada de cintas de embalaje. Como médico, Lena tenía esa habilidad de diagnosticar el caos antes de que uno mismo lo aceptara. Era su día libre, pero lo estaba gastando en mí. —Elena, por favor... —suspiré, dejándome caer en el sofá, todavía con el abrigo puesto—. Estoy cansada. Siento que he corrido un maratón de tres años y mis piernas simplemente cedieron. —La situación en el país no es la mejor ahora, lo sabes —insistió ella, deteniendo su tarea para mirarme a los ojos—. Piensa en tu futuro, Melani. No dejes que
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