Melani Siete días. Ese es el tiempo que tarda un mundo en desmoronarse por completo. Pasé la semana en un silencio que asustaba incluso a mi propia sombra. Mi apartamento, el refugio que había construido lejos de Diego, se sentía como una sala de espera. Mi amiga intentaba llenarlo de palabras, de café caliente y de planes para un futuro que yo aún no podía visualizar. Yo solo asentía, moviéndome en modo automático, tratando de procesar el fracaso de lo que una vez intenté sanar. Me dolía el cuerpo, como si el amor que todavía sentía por Diego fuera un órgano que me estuvieran extirpando sin anestesia. Dos días antes de la firma, recibí una visita que no esperaba. Beatriz Von Seidl apareció en mi puerta. No traía la armadura de perlas ni la rigidez de la matriarca que me había amenazado semanas atrás. Parecía... humana. Caminó por mi pequeña sala, dejando a un lado las formalidades. Se detuvo frente al ventanal y, por primera vez, me miró con una empatía que me dejó sin alien
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