ARAS KÖKSAL
Estambul nunca se detiene, pero durante los últimos seis meses, yo me sentí extrañamente estático. Me sumergí en el trabajo en los astilleros de Tuzla, supervisando cómo las láminas de acero se convertían en esqueletos de buques gigantes. Mi madre seguía insistiendo en que el luto por Leyla debía dar paso a una nueva alianza con los Karaman, pero yo solo encontraba paz en el rugido de las soldaduras y el olor a salitre del Bósforo.
Sin embargo, en mis noches de insomnio, entre un