El aire que entraba por el ventanal no era el de Estambul. Era un aire demasiado puro, frío y cargado de un aroma a pino y nieve que, aunque le resultaba extraño, se sentía perturbadoramente familiar. La habitación, además, poseía una pulcritud aséptica, casi quirúrgica, que le resultaba abrumadora. Melani abrió los ojos lentamente, como si cada párpado pesara una tonelada. La luz de la mañana le provocó una punzada de dolor que le atravesó el cráneo. El recuerdo del accidente —el coche girando, el estruendo del metal, el olor a combustible— la golpeó como un mazazo. Intentó moverse, pero el peso de la sedación la mantenía anclada a la cama. ¿Estaba en un hospital de Estambul? ¿Habían logrado rescatarla los hombres de Aras? —Despacio, Frau Fernández. Está a salvo. La voz era profunda, una melodía que su memoria reconoció al instante. Melani giró la cabeza con un esfuerzo sobrehumano. A su lado, en una butaca de cuero, estaba Siegmund. El hombre la observaba con esa mesura
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