El aire dentro de la pequeña sala de interrogatorios del búnker era pesado, viciado por el olor a café quemado y el sudor frío del chofer. El médico, un hombre de mediana edad que había pasado los últimos veinte minutos intentando estabilizar al testigo con sedantes suaves y ejercicios de respiración, se sobresaltó cuando la puerta se abrió de golpe.
Aras no entró; irrumpió. Su semblante, que horas antes había mantenido con una falsa tranquilidad frente a los Fernández, era ahora una máscara