El desfile de la hipocresía comenzó de inmediato, transformando el jardín en un teatro gélido. Una a una, las concuñadas de Fatma se acercaron a la pareja, tragándose el orgullo solo para cumplir con el protocolo ante el líder del holding. No había calidez en sus gestos; sus sonrisas eran máscaras de etiqueta gélida mientras sus ojos escaneaban con recelo el vestido de Melani y el brillo del diamante. —Hayırlı olsun, Aras —pronunció la mayor de las concuñadas con una cortesía cortante—. Una sorpresa... verdaderamente inesperada. —Gracias, tía —respondió Aras, con una frialdad que marcaba una línea infranqueable. A unos metros, las hermanas de Fatma, Suna y Hülya, hacían un escudo humano alrededor de la matriarca, intentando protegerla del escrutinio general mientras le abanicaban el rostro pálido. Sin embargo, las concuñadas no tardaron en rodear la silla de mimbre, camuflando sus puñaladas en forma de comentarios compasivos. —Ay, Fatma querida, qué impresión —soltó una d
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