Las cenizas del acero

Diego

Capítulo 2

El motor del Audi ronroneaba en la entrada de la villa, pero Diego no se apresuró a salir. Apagó los faros y se quedó sumergido en la penumbra del habitáculo, dejando que el calor residual del coche lo protegiera un momento más del invierno exterior. En el silencio de la cabina, el tic-tac del reloj en el tablero parecía marcar el ritmo de una sentencia.

​En el asiento del copiloto, su teléfono vibró. No necesitaba mirar la pantalla para saber quién era. El nombre de ella parecía quemar a través del cristal del dispositivo. Había pasado la tarde en una reunión de logística que terminó hace tres horas; el resto del tiempo lo había pasado sentado en un café oscuro cerca de la Catedral de San Esteban, simplemente mirando un mensaje que no se atrevía a borrar, pero tampoco a responder.

​«¿Sigues guardando el acero en el corazón, Diego? ¿O ella logró fundirlo?»

​Esa frase lo perseguía desde hacía semanas. Diego apretó el volante con fuerza. Sus nudillos, blancos como la nieve que caía fuera, delataban la tensión que su rostro siempre lograba ocultar bajo una máscara de impecable control. Él era un Von Seidl. En su familia, las emociones eran variables que se gestionaban, no incendios que se permitían arder.

​Tres años atrás, cuando conoció a Melani en aquel bar de Salzburgo, ella había sido un milagro de luz. Diego recordaba perfectamente la sensación de verla por primera vez: era como si alguien hubiera encendido una hoguera en medio de un páramo helado. Su risa, su acento cálido de Venezuela y esa forma desafiante de mirarlo le habían servido de anestesia. Casarse con ella fue su intento desesperado de construir un muro contra el pasado. Él quería ser el hombre que ella veía en sus ojos: alguien sólido, presente, capaz de empezar de nuevo. Diego había decidido intentarlo de verdad.

Mayor fue su sorpresa al descubrir su pureza en aquella luna de miel. Diego había decidido respetarla hasta el matrimonio, no porque no la deseara —pues la vitalidad de Melani era magnética—, sino para demostrarse a sí mismo su propia voluntad y dominio propio. Nunca imaginó que encontraría a una joven tan inocente en su círculo social; sus capacidades para desenvolverse en el mundo del comercio internacional indicaban a una mujer madura y con mucha experiencia, pero en la intimidad, Melani había sido un libro en blanco que él tuvo el privilegio de estrenar. Ese descubrimiento lo ligó a ella con una gratitud que confundió con sanación.

​Durante el primer año, el autoengaño funcionó. Melani era la primavera que él necesitaba para olvidar que su estructura interna estaba hecha de ruinas. Ella llenó la casa de Viena con una alegría que él no sabía procesar, pero que aceptaba con una gratitud silenciosa. Sin embargo, el acero tiene memoria térmica, y su pasado no era una ceniza muerta, sino una brasa oculta, que por más que intentaba contagiarse de esa chispa, aparecía en su mente deteniendo la calidez.

​Desde el regreso de su primer amor, la culpa se había convertido en su sombra. Cada vez que miraba a Melani cenando sola, esperando con una paciencia que él ya no merecía, sentía una punzada corrosiva. Melani era perfecta, ella era lo opuesto a él, pero una oposición que él disfrutaba, era devota, era su esposa... pero no era el fantasma que lo reclamaba desde las sombras de su juventud.

​Diego recordó la presión de su padre, los eventos de la alta sociedad austríaca donde Melani siempre brillaba, ajena a que su marido estaba presente físicamente pero ausente en espíritu. Él había postergado la idea de los hijos no por falta de deseo de ser padre, sino por un miedo paralizante: el miedo a sellar un destino con Melani mientras una parte de él seguía encadenada a otra mujer. No quería traer a nadie más a este invierno que todavía no lograba derrotar.

​—Maldita sea —susurró, pasando una mano por su rostro cansado.

​Miró la fachada de la villa. Las luces de la sala estaban encendidas. Sabía que ella estaría allí, detrás del ventanal, intentando descifrar el misterio de su distancia. Sabía que ella sospechaba, que el silencio entre ellos se estaba volviendo un arma blanca que cortaba más profundo que cualquier grito. Diego no quería lastimarla; en su propia lógica distorsionada, creía que al no decirle la verdad la estaba protegiendo de la humillación de saber que competía con un recuerdo.

​No entendía que su indiferencia era mucho más cruel que una traición abierta. Para Melani, el vacío era una tortura; para él, era su única forma de supervivencia.

​Se miró en el espejo retrovisor y compuso su máscara de hierro. Se ajustó el nudo de la corbata de seda y borró cualquier rastro de duda de su expresión. Mañana le compraría algo caro, unas esmeraldas quizá, para compensar el vacío que dejaría su beso en la mejilla esa noche. Era el lenguaje de los Von Seidl: sustituir la presencia con el lujo, el sentimiento con el estatus.

​Salió del coche y el frío de Viena lo recibió con una bofetada helada que le devolvió la compostura. Caminó hacia la puerta de roble, ensayando mentalmente la mentira de siempre sobre reuniones de logística, problemas en el puerto y retrasos en la oficina. Diego von Seidl, el hombre que lo tenía todo ante los ojos del mundo, puso la llave en la cerradura sintiéndose como un impostor que estaba a punto de entrar en una primavera en la que él era indigno.

​Inspiró profundamente, enderezó los hombros y giró el pomo. Estaba listo para aceptar algún reclamo, se lo merecía, y el lo sabía.

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