El motor diésel de la camioneta de Daniel emitió un último soplido ahogado cuando el médico cortó el encendido. Había logrado meter el todoterreno en el interior de un antiguo cobertizo de mantenimiento ferroviario, una estructura de chapa galvanizada y vigas de madera carcomida que apenas se mantenía en pie junto a las vías muertas. Fuera, la tormenta seguía castigando el techo metálico con un estruendo ensordecedor que, al menos, servía para camuflar cualquier ruido que hicieran dentro.Daniel saltó del asiento del conductor y encendió una pequeña linterna de cabeza, ajustándose la banda elástica a la frente. El haz de luz blanca barrió el habitáculo. La situación era dantesca, digna de un hospital de guerra. En el asiento trasero, el respirador portátil de Elena —pshh... pshh... pshh...— emitía una luz naranja intermitente: la batería de reserva estaba entrando en sus últimos veinte minutos de vida. En el asiento del copiloto, Marcus Castellano parecía un cadáver. Su rostro tenía el
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