—¿Debemos hacerlo por las niñas, dices? —preguntó Marina, un tanto sorprendida. —¿Qué es lo que debemos hacer por ellas?—Marina, me gustaría que platicáramos, pero no aquí en la acera frente a la escuela, me gustaría que lo hiciéramos en un lugar más privado.Marina respiró profundo, apretó los labios; sabía bien que tarde o temprano debían tener esa conversación, así que, armándose de todo el valor y la paciencia del mundo, aquella mujer terminó accediendo.—Bien, dime, ¿a dónde quieres que hablemos? Solo te advierto una cosa: si llego a tener problemas con Lorena por esto, tú serás la primera persona que exponga, ¿me entiendes?Esteban sintió que había ganado una de las primeras batallas que venían para que ellos dos pudieran regresar. Él creía que conocía a Marina, creía que sabía qué pasos dar.—Conozco un buen lugar por aquí, vamos, está cerca…—Bien. —dijo Marina secamente y sin muchos ánimos.Esteban y Marina caminaron hacia el auto de este y, cosa que casi nunca sucedía, él le
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