Dante observó a la sencilla familia; de entre todos los integrantes, hubo una personita que captó su atención. Florencia era una niña atractiva; innegablemente había heredado las facciones de su madre. Florencia, por su lado, lo observó y sí, no podía negar que el hombre era atractivo; la mujer que llevaba de la mano era hermosa, pero tenía cara de “fuchi”, se decía mentalmente la jovencita. Zoila Murrieta era una bella mujer de ojos azules, piel blanca, cabello rubio dorado y piernas gruesas y largas. Florencia la miró y normalmente se imaginaba cómo se vería cuando creciera; ella no era un ejemplo de eso. —Mucho gusto, joven Montemayor. —dijo Carlo, finalmente rompiendo el silencio. —Mucho gusto… —dijo Dante, admirando a la jovencita Florencia, quien, a sus quince años, ya poseía una figura de una joven de más edad. —¿Y usted es? —Carlo Lovato, mire… Actualmente, le surtimos queso y leche a su padre. Dante escuchaba atento, pues la intención era averiguar quién era esa jovenci
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