—¿Debemos hacerlo por las niñas, dices? —preguntó Marina, un tanto sorprendida. —¿Qué es lo que debemos hacer por ellas?
—Marina, me gustaría que platicáramos, pero no aquí en la acera frente a la escuela, me gustaría que lo hiciéramos en un lugar más privado.
Marina respiró profundo, apretó los labios; sabía bien que tarde o temprano debían tener esa conversación, así que, armándose de todo el valor y la paciencia del mundo, aquella mujer terminó accediendo.
—Bien, dime, ¿a dónde quieres que ha