Marina, al llegar a casa, llevaba los ojos rojos de tanto llorar, pues no podía asimilar que su hija, su pequeña niña... Aquella bebé que cargó en su vientre, que cargó en sus brazos, ahora prefiere la compañía de aquella mujer que, en su niñez, tantas veces la ignoró e hizo pasar varios malos momentos. Ofelia, al ver a su jefa en ese estado, se acercó a ella y la llevó a la sala. Su jefa, hasta antes de salir al colegio, se notaba feliz; parecía que la visita de anoche más el preparar el desayuno para sus hijas la había puesto de muy buen humor. No entendía qué había sucedido. —Señora, ¿está todo bien? —No, Ofe, no, nada está bien. Mírame, dime una cosa, ¿qué ves? —¿Cómo? —preguntó desconcertada. —Sí, Ofe, dime, ¿qué ves? ¿Qué soy? —preguntó lastimosamente la mujer, dudando de su existencia. —Señora, lo que veo es a una mujer hermosa que merece ser feliz, veo a una hermosa mujer que merece comenzar cada día con una buena sonrisa, tal como hoy lo hizo. —Ofelia, dime una cosa, ¿q
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