Efraín se armó de valor y, alejando la idea de si era o no correcto abrazarla, rodeó el cuerpo de aquella mujer con uno de sus brazos; al no ver renuencia, con su mano libre, tomó su mentón y la hizo verlo a los ojos. Sin prisa se fue acercando a ella y muy cerquita de sus labios le susurró:—Jamás volverás a estar sola, eso debe quedarte claro.Luego de aquellas palabras, la besó; ella, increíblemente, olvidando donde se encontraban, correspondió a aquel beso y, tal como sucedía cada que estaban juntos, todo parecía ser tan fácil: sus labios se amoldaban de una manera perfecta a los suyos y su cuerpo reaccionaba a las múltiples sensaciones que él le regalaba.Él, por su lado, la besaba con un hambre y una sed que solo ella podía apagar, aunque, tras unos cuantos segundos, Efraín tuvo que parar, pues algo más estaba reaccionando y, desafortunadamente, no se encontraban en el lugar adecuado para otro tipo de emociones.—Espera, espera… Recuerda dónde estamos… Si quieres, ahora mismo te
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