Al día siguiente, Alessia no supo con exactitud en qué momento el cansancio la venció.La noche anterior había sido confusa, pesada, como si el aire dentro de la habitación se hubiera vuelto más denso de lo normal.Recordaba fragmentos sueltos: la fiebre de Eliseo, su respiración irregular, el calor que subía y bajaba sin control, y ella, sentada en aquella silla de madera incómoda, resistiendo el sueño como podía… hasta que finalmente el cuerpo dejó de obedecerle.Cuando Eliseo abrió los ojos, lo primero que percibió fue el silencio.No un silencio tranquilo, sino uno extraño, cargado de presencia.Giró lentamente la cabeza y la vio: Alessia estaba sentada a su lado, con el torso ligeramente inclinado hacia adelante, las manos descansando sobre su regazo, y la cabeza caída en una posición frágil, casi infantil.Dormía profundamente, como si por fin el mundo le hubiera permitido bajar la guardia.Eliseo la observó sin moverse.Su expresión era dura al principio, esa misma máscara de ju
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