Al día siguiente, Alessia no supo con exactitud en qué momento el cansancio la venció.
La noche anterior había sido confusa, pesada, como si el aire dentro de la habitación se hubiera vuelto más denso de lo normal.
Recordaba fragmentos sueltos: la fiebre de Eliseo, su respiración irregular, el calor que subía y bajaba sin control, y ella, sentada en aquella silla de madera incómoda, resistiendo el sueño como podía… hasta que finalmente el cuerpo dejó de obedecerle.
Cuando Eliseo abrió los ojos,