Nicholas seguía con la mandíbula apretada, el pulso latiéndole en las sienes, ese macho había tocado a Piper. Su nieta, la niña que había visto crecer. La rabia lo consumía y también la desesperación, las palabras de Alexia en el pasado seguían repitiéndose en su cabeza, ni siquiera quería imaginar lo que su hijo estaba sintiendo en ese momento. Acheron tenía al macho enemigo levantado por el cuello, con una sola mano, como si no pesara nada. Sus ojos azules ardían con ese brillo helado que solo se encendía cuando su familia era tocada. —Atacaste a mi hija —gruñó con la voz baja, mortal—. Le clavaste una daga. El macho pataleó desesperado, buscando una manera de soltarse, pero no había manera de que lo hiciera. Acheron apretó más su agarre. —Nadie, jodidamente toca a mi familia y tus vas a saberlo de primera mano, hijo de puta. El hombre gimió. Acheron lo acercó más con la fuerza bestial que poseía hasta ponerlo a la altura de sus ojos. —Haré que supliques morir
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