Los gruñidos, los golpes contra los sacos de arena y los jadeos llenaron el aire, pero para Nicholas y Alexia, el mundo se reducía a alguien en concreto, su hija Alyssa, dieciséis años recién cumplidos, su princesa. La adoración de ambos. Alexia estaba apoyada contra el tronco de un roble centenario, los brazos cruzados bajo el pecho, realzando sin querer, o queriendo, el escote profundo de su blusa negra. La falda que llevaba se adhería a sus caderas como una segunda piel y las botas altas de cuero subían hasta medio muslo lo seducían perfectamente. Por más que pasaran los años el ímpetu de ambos no desaparecía, no podían estar demasiado tiempo uno lejos del otro. Alexia sabía perfectamente el efecto que causaba. Y sabía también que Nicholas era débil por ella. Él estaba a su lado, aparentemente concentrado en supervisar el entrenamiento, pero sus ojos azules se desviaban cada pocos segundos hacia ella. Alexia sonrió de medio lado y sin girarse del todo, deslizó la mano por
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