El rugido del motor era lo único que llenaba el habitáculo del deportivo mientras devorábamos los kilómetros de la autopista, alejándonos de las luces de Milán. Yo permanecía hundida en el asiento, con los brazos cruzados y la respiración todavía agitada. Dominic conducía con una mano firme en el volante y la otra apretada contra la palanca de cambios, sus nudillos blancos revelando que su furia no se había disipado, solo se había transformado en algo más frío y concentrado.—¿A dónde me llevas, Dominic? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio que pesaba como el plomo—. Si crees que este secuestro va a solucionar algo, estás loco.Él no me miró. Su perfil, recortado por las luces de los túneles que atravesábamos, parecía tallado en granito.—Voy a llevarte a un lugar donde no puedas esconderte detrás de Cassey, ni de hoteles, ni de gemidos falsos, Cloe. Voy a llevarte a un lugar donde solo existas tú, yo y la verdad que te mueres por negar.Casi una hora después, el coche se desvi
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