El trayecto de regreso en el deportivo había comenzado con una calma engañosa. Para llenar el vacío que dejaba la culpa, Dominic había encendido la radio. Sonaba una pieza de jazz oscuro, llena de saxofones quejumbrosos y ritmos sincopados.
—Esta música es como tú, Cloe —comentó él, golpeando el volante al ritmo de la batería—. Un desorden elegante que no sabe hacia dónde va, pero que te atrapa en el camino.
—No empieces, Dominic —respondí, mirando por la ventana—. Es solo música. Y si tuviera