El eco de nuestros jadeos aún vibraba entre las estanterías de la biblioteca cuando intenté recuperar un ápice de cordura. El aire frío de la sala golpeó mi piel sudorosa, recordándome dónde estábamos y, sobre todo, quiénes éramos. Con las manos temblorosas, alcancé mi blusa de seda, que yacía como un cadáver sobre la alfombra persa, e intenté cubrirme.—Tengo que... tenemos que vestirnos, Dominic —susurré, con la voz quebrada por el agotamiento y la culpa—. Si alguien entra, si Michelle vuelve antes de tiempo... esto está mal. Esto es una locura que nos va a destruir a los dos.Antes de que pudiera abotonar la prenda, sentí sus manos envolviendo mis muñecas. Con un movimiento lento pero cargado de una fuerza que no admitía réplica, Dominic me arrebató la ropa de nuevo, dejándola caer al suelo con un desprecio absoluto.—Deja de cubrirte, Cloe. Es tarde para la vergüenza —dijo él, su voz era una vibración profunda que me erizó el vello de la nuca—. Tu piel me está gritando que te toqu
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