El aire fresco del exterior del hospital no trajo el alivio que yo esperaba. Salí en silla de ruedas, cumpliendo el protocolo médico, escoltada por tres sombras que se odiaban entre sí. Fernando caminaba a mi lado, sosteniendo mi historial con una mano y manteniendo una distancia prudente pero desafiante.—Asegúrate de seguir la dieta, Cloe. Y aléjate del estrés... si es que eso es posible en tu situación —dijo Fernando, lanzando una mirada cargada de intención a los hermanos Russo.Michelle, que caminaba justo detrás de mí, soltó un bufido de impaciencia. Antes de que llegáramos al coche, detuvo mi silla de golpe. Ignorando a los fotógrafos que acechaban a lo lejos y, sobre todo, ignorando la presencia de Mercedes, Michelle se inclinó sobre mí.Me tomó del rostro con una firmeza que rozaba la rudeza y me besó de nuevo. Fue un beso largo, frío y coreografiado, una declaración de guerra dirigida directamente a Fernando. Mis labios, aún sensibles por el arrebato anterior en la habitació
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