La goleta se alejaba de la costa con una lentitud que, al principio, me resultó exasperante. Acostumbrada a la inmediatez de la red y a la velocidad de los antiguos jets de la Logia, la dependencia del viento se sentía como una regresión física. Pero a medida que la línea de la tierra se convertía en un trazo borroso de color pardo, una extraña calma empezó a filtrarse en mis huesos.—Marta, deja de mirar hacia atrás —dijo Liam, acercándose a la borda con dos cuencos de caldo humeante. Sus manos estaban enrojecidas por el frío del salitre, pero sus ojos tenían una claridad que no veía desde antes del Apagón—. El pasado no tiene barcos que puedan alcanzarnos aquí.—No estoy mirando el pasado, Liam —respondí, aceptando el cuenco—. Estoy escuchando el silencio. Es... diferente. En las montañas era un silencio de espera. Aquí, es un silencio que no te debe nada.Liam se apoyó en el barandal, mirando la estela que dejaba el casco sobre el agua oscura. Habíamos pasado de ser figuras clave e
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