El indicador de combustible del helicóptero parpadeaba con una luz roja que parecía latir al ritmo de mi propio corazón. El motor emitía un quejido metálico, una protesta contra el aire denso y salino que nos rodeaba. Liam, sentado a mi lado, mantenía su mano sobre la mía, aunque sus ojos estaban fijos en el horizonte, buscando cualquier rastro de tierra firme entre la bruma del amanecer.
—El rotor está perdiendo presión —gritó el piloto por encima del estruendo—. ¡No vamos a llegar a la costa!