El estruendo del colapso del Puente de Bellegarde quedó atrás, amortiguado por la distancia y por una nevada repentina que empezó a cubrir las cicatrices de la Alta Saboya. Liam conducía el todoterreno con una agresividad contenida, esquivando los restos de vehículos y las ramas caídas que bloqueaban la carretera secundaria que habíamos tomado. El espejo retrovisor ya no mostraba las luces de los Varga; el abismo del Ródano nos había comprado tiempo, pero a un precio que yo estaba empezando a pagar con cada respiración.Me recosté en el asiento, sintiendo cómo el frío del invierno alpino penetraba mi ropa, pero en mi muñeca derecha, bajo el vendaje chamuscado, el "Anillo de la Autoridad" emitía un calor abrasador. Ya no era un simple objeto de oro; sentía sus filamentos cuánticos hundiéndose en mi dermis, buscando mis nervios, mis venas, mi ADN.—Marta, resiste —la voz de Liam era un susurro quebrado, una mezcla de orden táctica y súplica desesperada—. Estamos cerca de Annecy. Hay un
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