El ascenso final a los Pirineos fue un calvario de metal y hielo. El todoterreno rugía, sus neumáticos encadenados mordiendo la nieve virgen mientras la carretera serpenteaba hacia el valle donde se alzaba la vieja casona de los Wetsler. Pero al coronar el último puerto, no vimos las luces cálidas de una aldea de montaña; vimos el resplandor de antorchas y hogueras que rodeaban la plaza central de Sant Llorenç.
Liam detuvo el vehículo en el límite del bosque, apagando los faros. El silencio de