El día había transcurrido con una normalidad engañosa. Liam, cumpliendo su palabra, había confiscado una mesa auxiliar en mi despacho de la Torre Klein. Verlo lidiar con hojas de cálculo y llamadas de seguimiento, sin la arrogancia de su antiguo título, me provocaba una mezcla de ternura y admiración. Había renunciado a todo por mí ante el Consejo de Ancianos, y yo, poco a poco, estaba renunciando a mi armadura de hielo por él.Pero la noche traía consigo la Gala Benéfica del Hospital de Niños, un evento al que no podíamos faltar. Era nuestra primera aparición pública tras ratificar nuestra unión ante los ancianos, y sabíamos que todas las miradas estarían puestas en nosotros.—Estás espectacular, Marta —dijo Liam, entrando en el vestidor. Llevaba un esmoquin negro que resaltaba su porte atlético, pero su mirada estaba fija en mi vestido de seda azul medianoche, que se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel.—Tú tampoco estás mal para ser un asistente desempleado —bromeé, aunque mi c
Ler mais