Vancouver olía a pino mojado y mar frío.Adriano lo había leído en alguna parte. Ahora lo comprobaba de pie en la acera exterior del aeropuerto YVR, con el abrigo equivocado para esa lluvia. No era una llovizna de ciudad. Era una pared horizontal, persistente, el tipo de agua que entra por todos los ángulos posibles sin anunciarse.Había tomado un taxi hasta el East Side con una sola dirección en el bolsillo: la que Bernarda había copiado en el margen del cuaderno negro de la cocina. Él no la había llamado. Ella no lo había detenido.Eso ya era suficiente para saber que alguien, dentro de la Torre Salcedo, estaba empujando en dirección correcta.El edificio era de ladrillo rojo, cinco plantas, sin nombre en la fachada. A un lado, el callejón con el contenedor verde. Arriba, en el tercer piso, una ventana con luz tenue.Adriano se quedó al otro lado de la calle, sin entrar.No había preparado un discurso. Cada versión que ensayó en el avión se le deshacía antes de llegar al final. Lo ú
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