REBECAEn Monterrey, el estatus se mide por el apellido, el diamante y sobre todo, por quién tienes al lado, durante años yo fui la que Javier dejó; hoy, el guion había cambiado.—¡Rebe! ¡Pero si es la hija pródiga! —exclamó Mariel, una de mis excompañeras del colegio, acercándose con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Pensamos que la capital te había absorbido entre tanto libro y café.—Ya ves, las malas hierbas siempre volvemos para las bodas, aunque sea para arruinarles el promedio de discreción —respondí, aceptando una copa de champaña con una seguridad que ni yo me creía.De inmediato un círculo de mujeres se cerró a mi alrededor, estaban las de siempre: las amigas que se casaron a los veintidós por presión social, las tías que viven de auditar vidas ajenas y las primas que compiten por quién tiene la camioneta más nueva, pero el tono no era el de siempre, no había esa lástima fingida que tanto odiaba. Había un hambre de chisme que rayaba en la envidia pura.—Oye, Rebeca…
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