Capítulo 150. La parálisis del titán
Cuando la puerta doble del vestíbulo se abrió de golpe, el llanto ya amortiguado del pequeño Alexander y el eco de los pasos apresurados rompieron la quietud como piedras arrojadas contra un espejo.Alistair entró primero, con el rostro congestionado y la respiración rota. Detrás de él, Elías sostenía a Maya por la cintura, mientras ella intentaba calmar al bebé, cuyo llanto apagado hipaba contra su hombro. Cruzaron el pasillo de mármol y se adentraron en la gran sala de estar, donde la luz de la tarde terminaba de morir, sepultando los muebles en una penumbra grisácea.Allí, cerca del ventanal que daba a la ciudad, estaba Aslan.El imponente líder, el hombre cuyas decisiones movían hilos invisibles en continentes enteros, parecía una escultura de sal a medio desmoronar. Estaba sentado en un sillón de cuero oscuro, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y los codos apoyados en las rodillas. En su mano derecha, los dedos largos y agrietados por el frío de la montaña sostenía
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