Capítulo 144. El nido de madera

El retorno a la conciencia no fue un fogonazo de luz, sino una marea lenta, densa y dolorosa que la arrastró desde el fondo de una negrura absoluta. Lo primero que Livia recuperó no fue la vista, sino el oído: el eco lejano y sordo del torrente de agua ya no le taladraba los tímpanos como un pitido metálico; ahora era un murmullo constante, amortiguado por lo que parecían ser gruesas paredes. Luego vino el olor. No apestaba a fango helado, ni a la pólvora quemada de la explosión del auto. Olía
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