Capítulo 148. El veredicto del lodo
El tiempo posee una maleabilidad perversa cuando se habita en el epicentro de una tragedia. Puede congelarse en el segundo exacto en que un corazón se rompe, o puede correr con una indiferencia brutal, amontonando los días como hojas secas sobre una tumba abierta.
Habían pasado cuatro días.
Cuatro días desde que la niebla de Surrey se disipara por completo, dejando al descubierto una realidad estéril. El río congelado, cuyo torrente amenazaba con tragarse cualquier rastro, había bajado su cauce