La entrada de la cueva de los Proscritos estaba iluminada por una hoguera mortecina. Blair sentía la cabeza a punto de estallar. Koda llevaba horas dándole un sermón mental digno de una tragedia griega.
—¡Blair, por el amor a la Luna, deja de afilar ese metal y busca el rastro de Fenris! —chillaba la loba—. ¡Puedo olerlo! ¡Está cerca! ¡Huele a nuestro Alfa enfadado y sexy! ¡Siento sus vibraciones de "te voy a secuestrar y llevarte a mi cueva"!
—¡Koda, cállate de una vez! —gruñó Blair, apretando