La cocina estaba en un silencio sepulcral. Mara vigilaba la puerta mientras Blair se arrodillaba frente a un pequeño cuenco de piedra donde ardían raíces de acónito plateado y pétalos de luna negra, una mezcla que Elara le había mencionado una vez como el "veneno del olvido".
El humo grisáceo trepaba por sus fosas nasales, quemando. Blair sostenía un trozo de cristal afilado sobre la palma de su mano.
—Blair, no lo hagas —la voz de su loba, Koda, resonó en su mente como un aullido herido—. Si c