La rabia inundó mis venas y antes de poder darme cuenta, tomé el cuchillo del suelo, sintiendo el mango metálico frío contra mi sudorosa mano. Lo apreté con tanta fuerza que mis nudillos palidecieron. Temblaba, pero no sabía si era la adrenalina recorriéndome o la rabia carcomiéndome. La punta del cuchillo estaba a milímetros de su pecho, pero él me miró sin ninguna expresión de sorpresa. Sus ojos dorados fijos en los míos, su pecho subiendo y bajando a un ritmo lento, controlado, como si yo no fuera una amenaza para él, como si en lugar de un cuchillo de metal tuviera uno de hule. Entendía que apenas llegaba a la altura de su pecho, pero con un cuchillo en mi mano, al menos debería verme como un peligro. —¿Crees que esto es un juego? —grité, tratando de disimular el temblor en mi muñeca, pero era difícil. Jamás había apuñalado a nadie y que justo me estuviera enfrentando a este hombre no ayudaba a mi confianza, pero tenía que mantenerme firme—. ¿Crees que puedes encerrarme, besar
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