Ese miedo se fue esfumando a medida que avanzaba, hasta que abrió una puerta doble.Era un espacio enorme, con colchonetas en el suelo, sacos de boxeo colgando del techo, y una pared entera de espejos que reflejaban nuestra imagen. No había nadie. Solo nosotros. —Siéntate —ordenó, señalando un banco. Obedecí. Él se arrodilló frente a mí y comenzó a vendarme las manos. Sus dedos eran firmes, precisos, como si hubiera hecho esto miles de veces. El roce de sus dedos ásperos contra la suave piel de mis manos casi me hizo jadear. Mi corazón no debería estar latiendo rápidamente por este hombre, no después de lo que me ha hecho, pero no podía evitarlo. —Ya tu brazo ha sanado, pero no quiero que te lastimes nuevamente —dijo, sin mirarme, pero sus palabras retumbaron dentro de mí—. Las vendas protegen los nudillos y las muñecas. —No sabía que te preocupara que me lastime —respondí con acidez, porque no permitiría que mi tonto corazón se delatara. Lo que sea que estaba sintiendo, debía m
Leer más