El disparo resonó en la habitación, por encima de la música, de las risas. Y la bala… terminó en el techo. No en la zona VIP, ni en el cuerpo de Silvia. La música se detuvo, la gente gritó, todos comenzaron a correr, evitándome, formándose un caos en el entorno. Una mano se había cerrado alrededor de mi muñeca, desviando el tiro. Mis ojos fueron al intruso, preparada para pelear con mi último aliento si eso significaba matar a esa mujer, hacer para a su familia. Pero me paralicé al notar los ojos que me observaban, enardecidos. Brillaban con un tono dorado que casi parecía querer quemar el club. Cipriano. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Qué hacía él aquí? De pronto, su cuerpo se estrechó contra el mío. —No —hablé con autoridad, su mandíbula apretada—. No vas a hacer esto. No lo permitiré. —¡No, suéltame! —Forcejeé, tratando de liberar mi muñeca, de dirigir el cañón a la mujer pelinegra, pero no lograba liberarme. Ignorando el dolor en mi brazo, intenté apartar su pe
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