Las lágrimas corrían por mis mejillas, calientes, saladas. El corazón latiéndome a una velocidad abismal. Sabía lo que me estaba jugando el día en que decidí buscar justicia para mi padre. Perdí a mi hermana, mi apellido, mi estabilidad y la vida como la conocía. Y aún así, decidí arriesgarme siendo consciente que podía perder lo único que me quedaba: mi vida. Pero pensé que no me importaba, que estaba lista para afrontar la muerte si era por mi familia. Sin embargo, en estos momentos, con el cuerpo de Cipriano presionando el mío, sentada en la mesa, el corazón golpeando con fuerza contra la caja torácica, mis ojos bañados en lágrimas y su mirada… esa mirada llena de odio, de decepción… No podía soportarlo. —Levanta la vista —ordenó, pero no fui capaz de obedecerlo. No quería ver su enfado, su odio.—Todo este tiempo —dijo, tomando mi mentón con una de sus manos. Sus dedos se cerraron en mi piel, pero esta vez no apretó, no me lastimó, pero la firmeza era evidente. Me obligó a levan
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