Ella cayó hacía atrás, de culo, cubriéndose la herida sangrante mientras yo retrocedía con mis manos, liberándome. No esperé a ver si se levantaba. Mis pies se movieron por si solos, siguiendo al hombre entre los árboles. Lo había perdido, pero tenía que encontrarlo. —¡Corre, camille! —grité, porque si me escuchaba esperaba que ese fuera incentivo suficiente para que luchara. Y si me escuchaba el hombre, esperaba que cambiará de dirección y viniera detrás de mí—. ¡No pares! Estuve corriendo sin cesar, sin encontrar rastro de nadie. Los pulmones me dolían, la garganta me ardía, los músculos crujían, palpitaba. Lo único que me mantenía en movimiento era mi propia voluntad. Escuché unos pasos detrás de mí y supe que esa mujer me estaba alcanzando. Tuve que sacar fuerzas de partes de mi cuerpo que desconocía, obligándome a continuar. De pronto, un disparo cortó el aire, seguido de un chillido desgarrador. Uno que reconocía muy bien. —¡Hermana! —Mis pies se movieron c
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