La noche era una bestia negra que devoraba las luces de la ciudad. El viento, frío y cortante, silbaba entre los edificios como un presagio de muerte. Las calles, vacías, parecían haber sido evacuadas para la ocasión. O quizás era solo mi percepción, la adrenalina corriendo por mis venas, el peso de la pistola en mi mano, la certeza de que esta noche todo cambiaría. No había vuelta atrás. No había dudas. Solo la sangre fría que me había mantenido con vida durante todos estos años. El convoy avanzaba en silencio. Cinco coches negros, sin luces, sin matrículas que pudieran rastrearse. Dentro, mis hombres. Mis soldados. Los que habían jurado lealtad y que ahora estaban dispuestos a morir por mí. Por mi familia. Por mi futuro. Sus rostros eran máscaras de piedra, pero en sus ojos vi el mismo fuego que ardía en los míos. El deseo de acabar con esto. De poner fin a la guerra que había consumido nuestras vidas durante semanas. Llevábamos rifles, granadas, trajes militares, lentes infrarroj
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