—Pase —ordenó Giovanni.
La puerta se abrió. Un sirviente entró con una caja de regalo de color rojo oscuro. La dejó sobre la mesa y salió sin decir nada.
—¿Qué es esto? —preguntó Ottavio, acercándose.
—No sé. Pero no es de Cipriano —dijo Giovanni, con la voz temblorosa—. Él no enviaría algo sin identificación.
Hice una mueca, dudando. Es cierto que Cipriano era un hombre de ideales y mensajes directos, pero yo me había escapado hace días de su dominio y esto podría ser una declaración de guerra