—¿Hola? ¿Sigues ahí? —La voz de Marcello seguía sonando en el celular, pegado a mi oreja, pero no podía escucharlo, no cuando tenía a mi futuro esposo frente a mí. El corazón me latió con fuerza, no solo por miedo a ser escuchada, sino porque era la primera vez que Cipriano entraba en mi habitación. Después de tanto insinuarme, de tanto coqueteo, por fin estaba aquí, conmigo. El celular se resbaló de mi mano, cayendo en la cama. —Cipriano, ¿qué haces aquí? —dije, sintiendo la garganta repentinamente seca. Sin poder evitarlo, mi mano fue al escote de mi vestido, bajándolo un poco más para dejar en evidencia aún más mis pechos. Estuve esperando este momento, tenerlo ante mí, que me deseara. Yo sería su esposa. No podía querer a nadie más que a mí. Y sé que una vez que me probara, olvidaría a esa mujer insípida. —¿Con qué derecho entraste a su habitación? —Soltó con severidad—. Te dije que te mantuvieras lejos, que estaba prohibida. ¿No conoces tu lugar? Las palabras me golpe
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