Con una decisión repentina, Sofía tomó la carpeta azul, que contenía los documentos bancarios con los nombres de Sofía y Diego. No para leerlos, sino como un escudo, como un recordatorio de los límites que ella misma había trazado. Respiró hondo, abrió la puerta del coche y bajó; sus pasos se sentían pesados, como si cada huella arrastrara el peso de cinco años de arrepentimientos y nuevas esperanzas.En cuanto entró en la cafetería, el aroma a café tostado y pan recién horneado la recibió de inmediato. La cafetería seguía siendo la misma, con sus sillas de madera vieja y el gran ventanal que daba a la calle concurrida. En la mesa del rincón, cerca de la ventana, en el sitio que ella siempre prefería, estaba sentado un hombre de espaldas a la entrada. Su cabello estaba un poco más largo, sus hombros más anchos, pero Sofía sabía perfectamente quién era.Mateo. Él levantó la mirada al sentir una presencia. Una sonrisa se dibujó en su rostro, la misma sonrisa que alguna vez fue todo su m
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