—Estoy disfrutando de un croissant.—¡Diego! —exclamó ella, dejando que su ira saliera. Ya había sido demasiado pasiva con ese hombre. Esto no se trataba de su ego, sino de la casa, de su carrera. De todo lo que había apostado.—Vale, vale —soltó otra risita, su voz contenía un tono burlón—. Tranquilícese, Señora. Sé que está enfadada, pero se pondrá más fea si sigue forzándose tanto.—No estoy tranquila —siseó Sofía.—Se nota —replicó Diego.Sofía cerró los ojos un instante, reuniendo los restos de su profesionalidad, que no sabía si aún existían o no.—Nos vemos en el banco. A las doce cincuenta. —Dijo la hora más temprano a propósito, dándose tiempo extra si el hombre realmente tenía intención de llegar tarde.—Bien.—Y no llegues tarde.—Lo intentaré.—No es un intento. Tienes que hacerlo —afirmó Sofía, su tono cortante, sin dejar el más mínimo espacio para negociar.Diego volvió a reír. Una risa clara y relajada, pero, por alguna razón, esa risa nunca llegaba a sus ojos. Solo son
Leer más