—¡Tres horas, Diego! ¡Tres horas! —gritó Sofía, sujetándose la cabeza como si le fuera a explotar. Corría en círculos por la mesa de la cocina, sin importarle que todavía llevara su bata de satén. —¡Necesitamos diez años para que parezcas normal, y ahora Dios solo me da tres horas!Diego se atragantó con el trozo de pan que le quedaba. Su cara, que antes estaba tan tranquila, ahora estaba tan pálida como una pared de cemento sin pintar. —¿Tu madre viene de visita? ¿En serio? ¿Tres horas? ¡De Sevilla centro hasta aquí, ni yendo por la autopista se tarda tanto! ¡Sofía, respira! ¡No te desmayes ahora!—¡No me digas que respire! ¡Tú! ¡Mírate! El pelo como un nido de pájaros, la camiseta interior que apesta a tabaco, y ese tatuaje en tu brazo... ¡Mamá va a pensar que me casé con un gánster! —Sofía señaló a Diego con un dedo tembloroso.—¡Eh, este tatuaje es una obra de arte! —se defendió Diego, aunque corrió inmediatamente hacia el espejo del salón. Hizo una mueca al verse reflejado. Sof
Leer más