Unos segundos se sintieron como una eternidad. Los ojos de Diego, antes agudos y llenos de provocación, ahora se suavizaron. Sus labios dibujaron una leve sonrisa, ya fuera una sonrisa satisfecha o una llena de misterio, era difícil de descifrar.—Tu perfume —dijo Diego en voz baja, su voz era más suave que antes, más sincera que su tono provocador de hace un momento—. Huele diferente.Sofía parpadeó, confundida por el comentario repentino. Una trivialidad que, por alguna razón, hizo que sus mejillas se sonrojaran. ¿Por qué le importaba? Era algo pequeño, muy pequeño, pero lo suficientemente grande como para arrastrarla de vuelta a la extraña órbita de Diego.—¿Por qué? —intentó sonar normal, con la voz casi ahogada.—Huele diferente —repitió Diego, dando un paso más cerca, como si quisiera inhalar con mayor claridad el nuevo aroma de la mujer frente a él. Sus ojos seguían clavados en los de Sofía, y una incomprensible onda cruzó por sus profundidades.—¿Y a ti qué te importa? —Sofía i
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