Sofia salió del café, dejando a un Mateo destrozado, y aceleró bajo el sol abrasador de Sevilla. El aroma de azahar, que normalmente la relajaba, esta vez le resultaba sofocante y amargo. Conducía por las calles de siempre, pero sentía como si estuviera en otro mundo: un lugar donde su corazón latía más rápido, no por la culpa, sino por una nueva y amarga revelación: estaba enamorada de Diego. Sin embargo, esa confesión se le quedó atascada, sofocada por su orgullo y por los viejos miedos que a