—¿Qué? ¿Tengo algo malo? —pregunté, sintiendo un nudo de ansiedad en la garganta. La forma en que ella me miraba me ponía los pelos de punta.—No, querida. De hecho, es algo muy, muy bueno —respondió ella, y por primera vez su sonrisa no pareció una burla, sino una muestra de auténtica fascinación—. Muy bien, acomódense. Si voy a involucrarme en este desastre, déjenme contarles un poco sobre la verdadera historia de las brujas. Por fin tengo la oportunidad de defender el honor de nuestra especie frente a unos oídos que no sean los de mi gato.Lysandra regresó a su sillón con un movimiento fluido. Con un simple y elegante ademán de su mano derecha, las cadenas invisibles que nos oprimían el pecho y las muñecas se desvanecieron en el aire. Seth fue el primero en reaccionar y frotarse las muñecas. —Mmh, ¿realmente podemos confiar en ti? —inquirió, evaluando cada rincón de la cabaña.—No les queda de otra, ¿o sí? —replicó, encogiéndose de hombros mientras volvía a encender su pipa
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