Faltaba apenas un día para que llegara el invierno. Me encontraba en la cabaña de Seth, esperando con una impaciencia que me quemaba por dentro a que David cruzara la puerta. Esa noche, según sus cálculos, regresaría con el espejo mágico, ese artefacto que podría ayudarme a descubrir qué me pasaba. —¿Estás nerviosa, Eloise? —preguntó Seth de repente, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros. «Nerviosa me pone estar sola contigo en este lugar, tonto», pensé para mis adentros, sintiendo un nudo en la garganta que me costaba tragar. Pero, por supuesto, no iba a darle esa satisfacción. —Para nada —respondí con una indiferencia fingida, sacudiendo ambas manos en el aire como si espantara una mosca molesta—. El espejo solo me mostrará visiones, cosas que no son reales. David ya se ha tomado la molestia de explicármelo mil veces, no soy una niña a la que se pueda asustar con trucos de feria. Seth se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared. Sus ojos no se a
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