Narrado por Magnus. Apreté los puños mientras avanzaba hacia el pueblo que yo mismo había sometido. Estaba muy furioso porque mis soldados no respondían a mis cartas, y ahora entendía por qué. Al cruzar la entrada, la devastación me golpeó el rostro como una bofetada. —¿Qué demonios? Todo estaba reducido a escombros carbonizados. No quedaba nada del orden que yo había impuesto, solo cenizas que el viento arrastraba sobre lo que alguna vez fueron hogares. Me detuve frente al huerto, aquel que debía alimentar a mis tropas, mi manada, y a mí, y sentí una rabia helada al ver la tierra ennegrecida, muerta, era imposible de revivir. Parpadeé, tratando de asimilar que mi conquista se había esfumado entre el humo. Habían cuerpos quemados, y supuse que se trataba de mis hombres...—¡No puede ser! ¿Ahora qué haremos? Tiene que ser una broma —soltó Amelia, mi esposa. —Esto es obra de Seth. Su olor está por todas partes. Qué asco —mascullé—. Tuve que haberlo matado hace diez años junto a
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