La figura de Fabián recortada contra la penumbra del pasillo parecía una aparición grotesca. Daniela, aún con el pulso acelerado por la intensidad de los minutos anteriores, sintió cómo el calor de su cuerpo se evaporaba, sustituido por un frío glacial que le recorrió la espina dorsal. Fabián estaba allí, a escasos centímetros de la entrada de su suite privada, con los ojos desorbitados y una palidez que rozaba lo cadavérico.—¿Fabián? —repitió Daniela, su voz apenas un hilo quebrado por el desconcierto—. ¿Qué demonios haces aquí? Te he preguntado algo.El hombre abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. Sus labios temblaban, y por un segundo, Daniela creyó ver en su mirada algo más que simple intromisión; era un terror primario, una urgencia que parecía quemarle la garganta. Sin embargo, antes de que pudiera articular una sola sílaba, Fabián pareció reaccionar ante el sonido del agua de la ducha que llegaba desde el interior de la habitación. Se tensó, dio un paso atrás y, si
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